sábado
Mirada en el metro
"Tienen cierta gracia las mujeres con el cabello corto, como un chico. La que presencio tiene aires y rasgos duros pero, aun sus cuarenta y pico, viste una piel viva y amarilla, sin maquillaje, bastante agradable. Y su simpatía se aloja en el cabello cano que transporta, erizado y regular, parece haber sido adquirido en alguna oficinabufetdeabogadoscajadeahorrosteasesoramossincompromiso de la Gran Vía de Bilbao. Su vida es triste, o esa sensación transmite ahora...; quizá por un fuerte compromiso en defensa del género. Se va."
jueves
Maquillaje
Carolina se había maquillado hasta la saciedad.
-- Amor mío, te has maquillado hasta la saciedad.
-- ¿No te gusto? Dime por favor que te gusto.
-- No.
-- ¿No te gusto o no quieres decírmelo?...
-- No...
--... eres un chico muy retraído, es normal que no te comieras nada antes de encontrarme a mí.
-- No es eso...
-- ¡Oh, venga! Dime que te pongo. Dime que sólo de verme se te pone dura como el cemento.
-- Amor mío, estás tan fea que apenas te reconozco.
-- Amor mío, te has maquillado hasta la saciedad.
-- ¿No te gusto? Dime por favor que te gusto.
-- No.
-- ¿No te gusto o no quieres decírmelo?...
-- No...
--... eres un chico muy retraído, es normal que no te comieras nada antes de encontrarme a mí.
-- No es eso...
-- ¡Oh, venga! Dime que te pongo. Dime que sólo de verme se te pone dura como el cemento.
-- Amor mío, estás tan fea que apenas te reconozco.
martes
Robert Jordan en la cabeza
Ya se revolvía aquel café en mi vientre. De casa al metro no pensé, solamente seguía mis pasos, mirando sin mirar. Una vez apresado en el cuarto vagón me defendí tras la actitud ñoña y fácil de María, la amante de Robert Jordan que hizo doblar las campanas del inglés que creó Hemingway. En mitad del trayecto saqué la cabeza por encima del saco de dormir y vi gente desparramada entre los diversos huecos del tren. Tuve la impresión fotográfica de estar viendo una escena predispuesta que jamás cambia, y de la que jamás se puede apartar la vista. Volví a las trincheras hasta llegar a mi estación. Del metro al trabajo, presa de la ansiedad, busqué imaginación mientras caminaba automáticamente. Alguien me saludó, pero no acerté a ver. Ya llegaba a la puerta del curro y, satisfecho, creí que había llegado a alguna conclusión literaria acerca de aquel inglés comprometido de Ernest, pero no era así. Únicamente logré retener el nombre de Robert Jordan en la cabeza, repitiendo cada sílaba rítmicamente, ahogado en el metalenguaje, haciendo caso omiso de la verdadera historia. Puta ansiedad, me dije. Más metalenguaje. Y entré.
Pingüinito rojo
Me planté en frente. Me miró a los ojos. No me tenía miedo. Era algo con lo que yo no había contado. Me puse rojo después de una explicación dudosa. Se mofó de mí. Y, al fin, salí del despacho con la cabeza torcida, sin carácter, sin seguridad, con el espíritu cuajado y mermelada en la sién.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)