martes
Robert Jordan en la cabeza
Ya se revolvía aquel café en mi vientre. De casa al metro no pensé, solamente seguía mis pasos, mirando sin mirar. Una vez apresado en el cuarto vagón me defendí tras la actitud ñoña y fácil de María, la amante de Robert Jordan que hizo doblar las campanas del inglés que creó Hemingway. En mitad del trayecto saqué la cabeza por encima del saco de dormir y vi gente desparramada entre los diversos huecos del tren. Tuve la impresión fotográfica de estar viendo una escena predispuesta que jamás cambia, y de la que jamás se puede apartar la vista. Volví a las trincheras hasta llegar a mi estación. Del metro al trabajo, presa de la ansiedad, busqué imaginación mientras caminaba automáticamente. Alguien me saludó, pero no acerté a ver. Ya llegaba a la puerta del curro y, satisfecho, creí que había llegado a alguna conclusión literaria acerca de aquel inglés comprometido de Ernest, pero no era así. Únicamente logré retener el nombre de Robert Jordan en la cabeza, repitiendo cada sílaba rítmicamente, ahogado en el metalenguaje, haciendo caso omiso de la verdadera historia. Puta ansiedad, me dije. Más metalenguaje. Y entré.
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